Segell Brunat

La Bruna de los Pirineos

Al 1880, un convoy de carruajes de tiro cargado con algunos ejemplares de la vaca parda alpina entraba en tierras catalanas, más en concreto, en el Valle de Arán. Estos vigorosos ejemplares habían partido desde su Suiza natal y habían atravesado los parajes menos afines a su condición para adentrarse, más de 1000 km después, en el corazón del Pirineo catalán, un lugar en que reencontrarían la frescura de los aires y los pastos de sus montañas afiladas.

Una vez allá, estas vacas resistentes, prolíficas, longevas y de producción mixta, no tardaron a fusionarse con la vaca autóctona, una raza destacada por una densa masa muscular y unos huesos fuertes que la hacían apta para las tareas de campo. La raza resultante de esta fusión, la Bruna de los Pirineos, heredó el mejor de cada casa y, además, mostró un temperamento excepcionalmente dócil y maternal. Pero, como si fueran conscientes del tesoro que llevaban en su ADN, los ejemplares de estas vacas empezaron a producir menos leche que sus predecesoras: sabían, quizás, que su explotación tenía que ser un pequeño lujo que respetara los ritmos de la vida y del planeta.

Hoy, la vaca Bruna de los Pirineos produce mucha menos leche que produciría una vaca lechera convencional. Por eso, cada gota es un tesoro y cada queso elaborado con ella lleva, en su esencia, el aroma de los Pirineos Catalanes.